“Existen dos grandes visiones generales acerca del mal humano y del modo de superarlo, el modelo que aspira a recapturar la bondad y el modelo que subraya la necesidad de desarrollar la bondad. Ambos encierran verdades muy importantes, pero la tensión retrorromántica de boomeritis ocasiona una ceguera que la lleva a decantarse por el primer modelo, con resultados ciertamente bastante desafortunados.

Como su nombre lo indica, el modelo que aspira a recapturar la bondad sostiene que los hombres y las mujeres emprenden su proceso de desarrollo en un paraíso primordial y que esa libertad original se ve interrumpida por las fuerzas represivas de la sociedad, como la racionalidad egoica, el divisivo y analítico paradigma nowteniano-cartesiano, los significantes patriarcales o alguna que otra fuerza supuestamente destructiva. Desde esta perspectiva, el mal apareció cuando la bondad original se vio reprimida y, en consecuencia, nuestro esfuerzo debe apuntar a recapturar una modalidad madura de ese paraíso original.

El modelo del desarrollo hacia la bondad, por su parte, se dirige precisamente en la dirección contraria. Los hombres y las mujeres nacen egocéntricos y preconvencionales pero, por más ‘espontáneos’ y ‘libres’ que puedan parecer, son incapaces de asumir el papel de los demás, de respetarlos y de preocuparse por ellos. Posteriormente, esta postura egocéntrica se desarrollara, evolucionara y avanzara hasta una postura etnocéntrica que, a su vez, volverá a expandirse hasta la postura mundicéntrica del autentico pluralismo y de la autentica libertad postconvencional. Desde esta perspectiva, los hombres y las mujeres no nacen exactamente malos, pero carecen de amor y de compasión postconvencional, aunque pueden crecer y desarrollarse hasta alcanzar esos niveles.

La investigación psicológica realizada al respecto ha demostrado que ambas visiones encierran parte de verdad. El modelo del crecimiento hacia la bondad esta en lo cierto, por cuanto que la mayor parte de desarrollo va desde lo preconvencional a lo convencional y, desde ahí, hasta lo postconvencional. Pero, en cualquiera de los distintos estadios del desarrollo, sus potenciales pueden verse reprimidos, negados o sepultados. Así pues, si el pequeño Johnny se ha visto seriamente reprimido en algún momento de su proceso de desarrollo, no habrá sido a causa de la represión de alguna suerte de libertad postconvencional (porque tal cosa ni siquiera ha emergido), sino de la represión de los memes sanos de los reinos preconvencionales (de una represión de las capacidades beige, púrpura y roja, es decir, de una represión de la vitalidad orgánica, de la libido, de la sexualidad, de la agresividad, de la riqueza sensorial, etc.). Por ello la terapia, en tales casos, pasa por algún tipo de ‘regresión al servicio del ego’ que trata de recuperar (e integrar) cualquiera de los potenciales perdidos de la infancia, que no son postconvencionales, sino preconvencionales.

Pero boomeritis, comprometido con el paraíso retrorromántico, apenas si reconoce el modelo del desarrollo hacia la bondad y únicamente aspira a reconectar con el ‘Eden’ paradisíaco que supuestamente se vio aplastado por la moderna razón patriarcal”.

Ken Wilber. Boomeritis. Ed. Kairós.

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