“Hasta los años 70 del siglo pasado, los investigadores se inclinaban por la concepción —expuesta de la forma más expresiva por Jacques Monod— de que la evolución se debe principalmente a factores casuales. Pero, en el decenio de 1980, muchos científicos se fueron convenciendo de que la evolución no es un accidente, sino que ocurre necesariamente cuando se cumplen ciertas condiciones paramétricas. Los experimentos de laboratorio y las formulaciones cuantitativas están corroborando el carácter no accidental de los procesos evolutivos. Comienza a resultar evidente que el continuo despliegue de la complejidad organizada del universo, su intrínseca capacidad de autoorganizarse esporádicamente, constituye una propiedad fundamental y profundamente misteriosa de la realidad. Empieza a perfilarse un nuevo y fascinante paradigma, el del universo creador, que reconoce el carácter sorprendentemente innovador y progresivo de la dinámica universal. Se habla del loco frenesí organizador de la materia, del animado fantasma evolutivo que comienza a aparecer en nuestra visión del mundo, de la extraña capacidad autoorganizadora de la naturaleza, de su misteriosa tendencia a ascender por los peldaños de la complejidad, de la dinámica autopoiética —autocreadora— de todo el universo.

Las nuevas ciencias de la evolución ven, pues, una armoniosa coherencia y naturalidad a lo largo de todo el proceso creativo universal, desde el mismo instante originario. Niegan que el factor azar sea el único argumento explicativo de los fenómenos novedosos, y denuncian que la vieja teoría no explica, en absoluto, la sorprendente emergencia de la complejidad creciente. Defienden, por el contrario, el carácter no accidental de los procesos evolutivos, y aportan multitud de pruebas de que todos los sistemas dinámicos, en diferentes niveles de la realidad, desarrollan espontáneamente similares pautas creativas.

Los nuevos enfoques demuestran cómo cualquier sistema dinámico alejado del equilibrio puede salir de su estado constante al cambiar algunos de sus parámetros ambientales. En estas situaciones, tras una fase de indeterminación y caos, los sistemas pueden alcanzar espontáneamente nuevos estados estables de mayor complejidad. La trayectoria evolutiva global se asemeja, pues, a una escalera, en la que se alternan los tramos horizontales, sin apenas cambios, con los saltos bruscos de nivel.

Tanto en trabajos teóricos como empíricos, en ciencias duras y blandas, se intenta comprender esta innata tendencia creativa de la naturaleza, estas sorprendentes pautas de organización en las que se canaliza el juego del azar. Se habla de atractores dinámicos, de campos morfogenéticas, de canales arquetípicos, de órdenes implicados, de estructuras fractales —autosimilares—, de estabilidades estratificadas. Parece ya evidente que la creatividad no puede ser reducida a un mero producto del azar, sino que resulta necesaria la intervención holística de campos unificados que puedan dar cuenta tanto del carácter de totalidad de los fenómenos creativos, como de su cualidad de instantaneidad. El aspecto de integridad irreductible de estos campos explicaría su capacidad de organizar armónicamente, mediante un único impulso, elementos diversos e independientes.

Nuestra hipótesis sobre los ritmos de la evolución aporta rasgos novedosos en esta investigación y, tal vez, pueda proporcionar una línea de trabajo llena de gratas sorpresas.”
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“Antes de seguir adelante, quisiéramos comentar aquí que esta hipótesis que estamos planteando sobre una evolución espiral que acelera su ritmo en el camino hacia un polo de atracción final, tuvo su inspiración inicial en las propuestas pioneras de Teilhard de Chardin —sobre “la convergencia hacia Omega”— y de Aurobindo Ghose —sobre “el ascenso hacia la Supermente”—, que en su tiempo resultaron completamente descabelladas para el mundo de la ciencia oficial. Sin embargo, en las últimas décadas, y de forma creciente, se están realizando numerosas investigaciones, en distintos ámbitos y desde diferentes perspectivas, que van poniendo de manifiesto la aceleración evolutiva y su orientación hacia un polo de singularidad, con las que nuestra hipótesis tiene, evidentemente, muchos puntos de coincidencia.

Mencionemos, por ejemplo, entre los estudiosos de la “Gran Historia”, a Akop P. Nazaretyan, Alexander D. Panov y Graeme D. Snooks y su teoría “Snooks-Panov Vertical”, pues nuestra hipótesis coincide casi por completo con las etapas que plantea Panov, así como con el ritmo de aceleración de 1/3 que propone Snooks. O encontramos también una enorme sintonía con el trabajo sobre la ley de la “Sintropía” de Luigi Fontappiè, desarrollada por Ulisse di Corpo y Antonella Vannini. O con la “Neo-ortogénesis” que planteaba mi paisano Juan Luis Doménech Quesada, recientemente fallecido. O con la propuesta de Carter Vincent Smith acerca de la “Evolución acelerada de la conciencia integral”. O con “El agujero blanco en el tiempo” que describe Peter Russell. O con la “Flecha de la evolución” de John Stewart. O con la “Holoarquía evolutiva” de Ken Wilber. O con “El propósito de la evolución” de Steve McIntosh. O con la “Dinámica espiral” que plantean Clare W. Graves, Don E. Beck y Chris Cowan. O con los estudios de François Meyer o de André de Cayeux sobre “la vertiginosa aceleración de la evolución y de la historia”. O con la propuesta de Jean Chaline, Laurent Nottale y Pierre Grou acerca de “la estructura fractal del árbol de la vida”. O con “la teoría de la evolución cibernética” de Richard L. Coren. O con “El reloj de la aceleración” de John M. Smart. O con la “Singularidad” de la que hablan Ray Kurzweil y los trashumanistas. O con la “Onda de tiempo cero” de Terence McKenna. Etc. Etc. Está claro que el paradigma está cambiando, tal como resume Carter Phipps en su libro sobre los “Evolucionarios”. Sigamos investigándolo.”
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Y otro link en donde le realizan una pequeña entrevista
http://www.revistadefilosofia.org/17-18.pdf

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